El Disidente

La importancia de Ucrania para Rusia

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Vladímir Putin con el mapa del conflicto ruso – ucraniano de fondo. Imagen: Vox

La desmilitarización y desnazificación que delimitó Vladímir Putin como colchón argumental para llevar adelante una injerencia militar en Ucrania ostenta inconsistencias. Con el trascurso de más de diez días de guerra, los objetivos que plantea Moscú exceden las razones dadas por su mandatario.

Dmitri Peskov, el Secretario de prensa del Kremlin, declaró que para consumar la finalización de las operaciones rusas en Ucrania, Kiev debe cumplir con ciertas condiciones: rechazar el ingreso a cualquier bloque (neutralidad), reconocer a Crimea como territorio ruso y reconocer que Donetsk y Lugansk son Estados independientes. En este sentido, y con tales declaraciones, los anhelos de Rusia no se corresponden con la desmilitarización y desnazificación apelada por Putin como elemento legitimador.

Los intereses de Moscú en Ucrania son superlativos a dichos fines. La cosmovisión exterior rusa desde los albores de los 90 -luego del colapso de la URSS- reserva una sustancial importancia al respecto del espacio ex-soviético. Al perder el rol de hegemón y con la fragmentación de la antigua Unión Soviética,  los intereses geopolíticos de Rusia post Guerra Fría se manifestaron de forma regional. En referencia a esto, en el artículo titulado “Doctrina militar rusa: herencia soviética, realidades postsoviéticas, perspectiva europea” (2002) de José Miguel Palacios y Paloma Arana, los autores señalan: “Las amenazas reales para la seguridad del país se percibían, más bien, dentro de las fronteras de la antigua Unión Soviética: conflictos étnicos y fronterizos, con o sin participación rusa; discriminación de los ciudadanos rusos o rusófonos en algunos de los nuevos estados independientes; participación de estos estados en alianzas potencialmente hostiles a la Federación Rusa, etc.“. De tal modo, la preocupación de Rusia por un espacio postsoviético distante a occidente y maleable para los requerimientos de la seguridad Kremlin lleva casi tres décadas.

La intención de Moscú alrededor de la obtención de una garantía sobre la neutralidad de Ucrania y del reconocimiento de Crimea como territorio ruso y de Donetsk y Lugansk como países independientes se ubica bajo un marco de pensamiento geopolítico ruso. El afán sobre la neutralidad de Ucrania persigue el alejamiento de una presencia de occidente (OTAN y/o Unión Europa) en las puertas de las fronteras de Rusia. A su vez, el reconocimiento de Crimea como suelo ruso y de Donetsk y Lugansk como Estados independientes yace en la intención de limitar la geografía ucraniana como también de controlar zonas con valor geoestratégico (salida al mar Negro y ampliación de la frontera occidental rusa).

En alusión a la importancia de Ucrania como pivote geopolítico (actor que puede alterar un suceso en virtud de su ubicación geográfica y sus capacidades), Zbigniew Brzezinski en “El Gran Tablero Mundial” (1997) brinda posibles escenarios en cuanto al proceder de Rusia: Ucrania, un espacio nuevo e importante sobre el tablero euroasiático, es un pivote geopolítico porque su propia existencia como país independiente ayuda a transformar a Rusia. Sin Ucrania, Rusia deja de ser un imperio euroasiático. Una Rusia sin Ucrania podría competir por un estatus imperial, pero se convertiría en un Estado imperial predominantemente asiático, más susceptible de ser arrasado a extenuadores conflictos con los países del Asia Central recientemente salidos de su letargo. En ese caso, estos países estarían resentidos por la pérdida de su reciente independencia y recibirían apoyo de los demás Estados islámicos del sur. También sería probable que China se opusiera a cualquier restauración del dominio ruso sobre Asia Central, dado su creciente interés en los Estados recientemente independizados de la región. Sin embargo, si Moscú vuelve a hacerse con el control de Ucrania, con sus 52 millones de habitantes y sus importantes recursos, además del acceso al Mar Negro, Rusia volverá a contar automáticamente con los suficientes recursos como para convertirse en un poderoso Estado imperial, por encima de Europa y Asia. La pérdida de independencia de Ucrania tendría consecuencias inmediatas para Europa Central, al transformar a Polonia en el pivote geopolítica de la frontera oriental de una Europa unida”. Así, Brzezinski advierte los beneficios o las pérdidas con las que puede contar Rusia en su proyección imperial dependiendo de si Ucrania está o no dentro de su caparazón de influencias.

La política exterior de Rusia se encuentra ligada a lo asuntos concernientes al antiguo espacio soviético. Consecuentemente, el avance de la Alianza Atlántica hacia el este es percibido por Moscú como amenazante, de allí la línea roja que marca Putin que dice haber sido extralimitada por occidente. En el caso de Presidente ruso, sus cursos de acción tanto en Ucrania como en Georgia parecen cuadrar de lleno con lo desarrollado hasta aquí. Recientemente se expresó Andrei Kozyrev, quien supo ser el Ministro de Relaciones Exteriores de Rusia entre 1990 y 1996, acerca de las decisiones de Putin en lo que respecta a su intervención en ucrania: “Putin pasó los últimos 20 años creyendo que Ucrania no es una nación real y, en el mejor de los casos, debería ser un Estado satélite. Maidan terminó con cualquier esperanza de mantener a Ucrania independiente y pro-Kremlin. Pensó que occidente estaba detrás de esto”. En pocas palabras, según Kozyrev, Vladímir Putin concibe a Ucrania como una nación artificial o una extensión rusa.

La desmilitarización y desnazificación no demuestran solvencia como argumentos de la injerencia rusa al observar la dimensión de esta, significando una ruptura absoluta de las reglas. El avance de la guerra y las condiciones que le propuso Moscú a Kiev para el cese al fuego denota otras demandas rusas que operan dentro de lo importante que es Ucrania para el cumplimiento de objetivos geopolíticos correspondientes a un posicionamiento internacional postsoviético del Kremlin.