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Ensaladilla Rusa en Ucrania

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Putin, Agencia EFE

Por Daniel Gutiérrez de Icenia Capital para El Disidente – 08/03/2022

Pongámonos en situación. Usted es un español o española de clase media, se despierta, enciende la tele o la radio mientras se toma el café de la mañana y, a tenor de todas las informaciones que le llegan, el panorama se podría resumir así:

“Vladimir Putin, un loco neozarista o cuanto menos, belicista desquiciado, ha perdido la cabeza a sus 70 años y ha invadido a su vecina Ucrania para restablecer en ella un tal Rus de Kiev, al parecer un antiguo imperio ruso, o en su defecto restablecer la Unión Soviética.”

Esto equivale a ver el conflicto con las gafas de la UE, aderezado con el cuñadismo español que nos caracteriza en el que cualquiera es experto en geopolítica, futbol, política nacional, pandemias y lo que se tercie. ’Semos así’.

Ahora cambiemos de perspectiva: ya no es usted español, sino ruso o rusa; se levanta para desayunar y sintoniza los medios oficiales:

             “Rusia, con su máximo mandatario al frente, encabeza una misión de paz que liberará a sus hermanos ucranianos (llamados ‘pequeños rusos’ según la retórica del ‘Rus de Kiev’), que están sometidos al yugo de un neonazi, otrora actor cómico, reconvertido en una suerte de dictador.”

Así se ve el conflicto con las gafas de Putin.

Estas versiones de parte son reduccionistas, interesadas, erradas y politizadas. El propósito de este artículo es analizar el conflicto de forma desapasionada y sin llevar puesta la camiseta de hinchas de la OTAN o de Rusia puesta.

 

¿Qué es lo que sabemos?

  1. Cualquier acción armada sin provocación contra un pueblo es una atrocidad que merece la repulsa de cualquiera de nosotros por una cuestión de humanidad.
  2. Las acciones armadas forman, lamentablemente, parte del tablero geopolítico.
  3. Cada uno mira su realidad desde sus gafas, y que desde ciertas ópticas las acciones bélicas pueden ser naturales, razonables, o incluso necesarias o deseables. Y esto es así porque la moral de los pueblos es algo cultural que no podemos tratar de imponer a los demás, aunque la moral de las democracias liberales nos haya permitido disfrutar del periodo más largo de paz en Europa.
  4. Históricamente, la guerra es la norma, y la paz, la excepción. También sabemos que la guerra trae vencedores (aunque no siempre), vencidos (siempre), daños económicos y sociales (siempre); y que antes, durante y después hay una guerra por encima de la acción bélica, que es la guerra del relato.
  5. La guerra del relato puede ser más potente que el conflicto bélico. El ejemplo paradigmático lo tenemos en la industria de Hollywood, que nos ha vendido que fueron los americanos los que acabaron con los nazis, cuando fueron los soviéticos los que, por ejemplo, en enero de 1945, liberaron Auschwitz, el mayor campo de exterminio y concentración nazi. Es esta misma industria del entretenimiento la que nos ha vendido en Europa y Estados unidos, desde nuestro más tierna infancia, que Rusia eran «los malos» y Estados Unidos, «los buenos», por ejemplo en ‘007 Goldeneye’.

 

No hay que dejar de lado estos hechos como puntos de partida, porque a medida que se avanza en el análisis tendemos a ir olvidando el marco conceptual de las cosas, sobre todo en análisis reduccionistas de cabeceras de telediario o en conversaciones de barra. Realmente lo que sabemos es que existe un conflicto larvado desde hace 90 años entre Ucrania y Rusia, y si no lo ponemos en contexto, no podemos entender cómo hemos llegado hasta aquí.

 

Antecedentes y factores estratégicos por el lado de Rusia

Hagamos un breve repaso histórico de los acontecimientos previos a llegar a ese conflicto. Estamos en pleno siglo XVIII; los herederos de Gengis Khan se disponen a invadir la zona geográfica de lo que hoy es Bielorrusia, Ucrania y Rusia. Los habitantes de esta zona llegan a un acuerdo para defenderse del invasor. Logran repeler la invasión, pero con el tiempo,  surgen diferentes Ducados y regiones en lo que a la postre serían 3 países; el Ducado de Moscú dará lugar a lo que hoy conocemos como Rusia. Inspirados en los romanos, los dirigentes tratan de crear un tercer imperio romano: el primero en Italia, el segundo en Constantinopla, que más tarde desaparecería; y el tercero, en Rusia. Del emperador de esa Rusia del siglo XVIII, de ese «César», se crearía la palabra ‘Zar’, y surgiría entonces el imperio de los Zares.

Surgen así estos 3 territorios, Bielorrusia, Rusia y Ucrania. Éste último, un territorio que no existía y que Stalin, dictador ruso, crea artificialmente estableciéndole  fronteras, como una región más de la URSS. Así se extendería rápidamente, entre 1932 y 1989, el modelo comunista a todos los países que fueran posible, generalmente por tierra.

Volvamos ahora a ese punto del conflicto, hace 90 años, del que les hablaba antes:

Cuando Stalin llega al poder, trata de industrializar el país, y para ello necesita apropiarse de lo único que tiene valor: las producciones agrícolas de toda la URSS, con especial hincapié en la zona de las tierras negras de Ucrania, los suelos más fértiles de Europa, si no del mundo. Así, en 1932, se lleva a cabo rápida y violentamente la colectivización del campo por parte de la URSS.

Para lograr esta transformación, se exportaba mucho producto agrícola, recibiendo así gran cantidad de divisas con las que acometer la industrialización. Por el camino, sin embargo, se mataba de hambre a toda la población, haciéndoles trabajar hasta la extenuación, requisándoles el grano, y un largo etc. Especial ensañamiento tuvo Stalin en la zona conocida como Ucrania, de donde eran originarios la gran mayoría de los muertos por la hambruna provocada por Stalin. En un modelo similar al del Gran Salto Adelante de Mao en China, se produjeron millones de muertos (según diferentes fuentes, entre 5 y 6 millones de personas). Todo este proceso apenas si duro un año o año y medio, desde 1932 a 1933. Y por supuesto se prohibió bajo pena de muerte a los ucranianos hablar de ello, hasta que la región se liberó del yugo soviético, 57 años más tarde. A este proceso de muerte por hambruna provocada acabaría conociéndosele, como Holodomor.

Podemos entender que, desde entonces, los ucranianos no sienten mucho aprecioy simpatía por la URSS. De hecho, los actuales ucranianos son descendientes de los supervivientes de aquella masacre y lo tienen muy reciente. Por un momento hagamos un ejercicio de empatía desde nuestros cálidos hogares y cómodos sofás, y pensemos qué sentiríamos si los responsables de la muerte de nuestros abuelos o padres volvieran a invadir nuestro país en nombre de la libertad; así entenderemos perfectamente la reacción de los ucranianos.

Siguiendo con el contexto histórico, medio siglo después de esta barbaridad (que además se puso de moda, porque Pol-Pot hizo algo parecido en Camboya y Mao redobló la apuesta en China, provocando 60 millones de muertos) empieza a implosionar la URSS en 1989, tras la caída del muro; y en 1991, Ucrania formalmente declara su independencia, sin muchas ganas de seguir formando parte del proyecto soviético.

Empieza así todo un proceso de nacionalismo, con sus símbolos, lengua propia (derivada obviamente del ruso), banderas, tradiciones y fronteras propias.

Ahora, 31 años más tarde, como si nunca hubiera pasado nada y siguiéramos en la época de los mongoles entrando en Europa desde los Urales, Rusia sostiene la  postura de que Ucrania, Rusia y Bielorrusia deberían constituir una unidad común, un único país que, por supuesto, sería la Rusia misma.  

Rusia busca poner veladamente en marcha una vez más la Doctrina Brezhnev de la soberanía limitada de los países aliados, que Rusia había aplicado en Europa hasta la caída del muro. Esta doctrina viene a decir que la nación aliada es soberana, pero sólo hasta donde Rusia quiera, y es Rusia en última instancia la que guía los designios de los países aliados y vecinos, dada su superioridad moral y logística.

Así las cosas, las antiguas repúblicas soviéticas no tienen ninguna gana de volver a formar parte de la URSS ni nada que se le parezca. Y aparece en escena Putin, un ex agente del KGB, condecorado y nacionalista ruso, pero también comunista ruso, además de gran seguidor de la Iglesia Ortodoxa Rusa; en suma, un ruso glorioso prototípico que sigue revindicando el status de gran potencia de la Madre Rusia.

Ucrania y sus diferentes presidentes han tenido que lidiar con la llegada de Putin al poder desde hace más de 20 años. Y hace ya 8 años, no una semana, que hay un conflicto marcado en la zona. Tanto en Crimea como con las repúblicas artificiales de Donetsk y Lugansk, apoyadas por Rusia. En aquella operación militar se cedieron estas regiones en muy poco tiempo. Evidentemente hubo oposición por parte de Ucrania y aquello se quedó en un incómodo status quo que trató de resolverse con Alemania y Francia como garantes en lo que se vino a llamar el Protocolo de Minsk. Ese acuerdo, que nunca se cumplió, concernía a Ucrania y a Rusia, y en él se recogían, entre otras cosas, la anexión de Crimea a la Federación de Rusia y la independencia de las regiones de Donetsk y Lugansk, quedando bajo tutela administrativa de Rusia. Se firmó en Minsk, capital de Bielorrusia y gran aliado de Rusia hasta el punto de que se dice que el gobierno bielorruso es un gobierno autocrático impuesto por Moscú, lo cual no anda muy desencaminado a tenor de los acontecimientos, ya que cada vez que hay una mínima rebelión en Bielorrusia para derrocar a su presidente Lukashenko, Rusia interviene militarmente para mantener las cosas como están.

Llegamos a diciembre de 2021, y Rusia manifiesta que quiere anexionarse estos territorios o al menos promover una independencia de los mismos y que administrativamente dependan de Moscú (que ya ocurre por la vía de los hechos). Durante 3 meses Putin negocia sin éxito que se cumpla el Protocolo de Minsk, pero Kiev no está por la labor de conceder la cesión de las zonas involucradas. Finalmente Putin, ante esta situación y ante el hecho de que la vía diplomática a sus ojos parece agotada, inicia un conflicto bélico con el casus belli de que no se respeta el protocolo firmado. Y entra en Ucrania a sangre y fuego.

Ahora bien, más que el qué, lo interesante es entender el porqué. Veamos: Rusia exporta principalmente energía hacia Europa; más en concreto, el 50% de la energía que exporta lo hace hacia Europa, y gran parte de ello a Alemania, todo ello a través de empresas muy conocidas, neo-mercantilistas y fuertemente intervenidas como Gazprom. A su vez, los oligarcas de todo el sistema neo-mercantilista refugian sus fortunas, obtenidas por posiciones de privilegio, en Chipre y Reino Unido, que tampoco hacen mucho por fiscalizar de dónde viene el dinero. Los países del centro y sur de Europa parecen más o menos satisfechos con esta situación que les permite llevar adelante su suicidio energético. Además, Rusia exporta algunos minerales geoestratégicos muy necesarios para avanzar en el campo tecnológico.

Pero si hay algo que Rusia no tiene, y que obsesiona a todo dirigente ruso, es lo que llamamos un mar caliente. Las únicas salidas comerciales al mar que tiene dan a mares fríos: al Báltico, desde San Petersburgo; y al Pacífico Norte en una ciudad portuaria donde nadie quiere vivir llamada Vladivostok. Por tanto, sus gaseoductos y el transporte de su gas por un mar caliente deben pasar por Ucrania, es decir, por el Mar Negro en el caso del transporte, y soterrado bajo suelo ucraniano en el caso del gaseoducto. Es en este punto donde se entiende la obsesión de Rusia por que Ucrania no entre en la OTAN y, a ser posible, tampoco en la Unión Europea.

 

El papel de la OTAN

De forma muy resumida, la OTAN es una organización supranacional, en la que se incluyen una gran cantidad de países europeos, cuya función principal es la defensa de sus países integrantes ante posibles conflictos armados. Pero hay un miembro clave de la OTAN que no está en Europa, y es el Tío Sam, o sea, los Estados Unidos de América. Esto parece menor pero desde luego, no lo es.

Volvamos a la década de los 1950 a 1970. Estamos en plena Guerra Fría. Un conflicto velado y soterrado entre dos formas de entender el mundo tras la Segunda Guerra Mundial: las democracias liberales, representadas y encarnadas en Estados Unidos,  frente al modelo comunista de la URSS encarnado primero por Stalin, y luego por los diferentes presidentes: Yelsin, Gorbachov, etc. A este último se le conoce por su periodo conocido como la Perestroika (hacia 1985), un periodo aperturista toda vez que la URSS se encuentra en plena implosión.

En este periodo de Guerra Fría la economía se fijaba por bloques, es decir, los dos bloques ideológicos comerciaban entre sus aliados pero apenas lo hacían entre sí.

Esto dio como resultado una fuerte competitividad entre Estados Unidos y Rusia, los dos adalides de ambos bloques.

Volviendo a la OTAN, esa alianza militar de defensa permite que el «primo de Zumosol» encarnado en Estados Unidos (que es quien realmente invierte en recursos bélicos), pueda tener bases militares repartidas por el mundo en territorio aliado.

Dicho de otra forma: si Ucrania entrase en la OTAN, nada impediría a los Estados Unidos tener una base militar allí. O fuerza naval. Es decir, que la ruta comercial del Mar Negro podría estar militarizada por Estados Unidos, y comercialmente eso podría ser un ahogo constante para Rusia. Pero, ¿por qué? Porque desde hace varias décadas, Estados Unidos ha desarrollado una tecnología conocida como ‘fracking’, que le permite extraer petróleo de las piedras que son ricas en componentes fósiles y que, por tanto, lo ha convertido en un gran productor y exportador de esta forma de energía, y también de gas.

Es decir, que un competidor comercial directo (y que además es un competidor ideológico que está en las antípodas de Rusia) podría controlar de facto su comercio, y de hecho el comercio de energía es la principal exportación de Rusia. De ahí que Rusia no esté dispuesta en modo alguno a ceder a la entrada de Ucrania en la OTAN, y que quiera tener en la zona un territorio anexionado y reconocido, o cuanto menos administrado bajo su control.

Otro de los países a los que les pasa lo mismo, que cuenta con una gran producción de pozos de petróleo, es Noruega. Por su parte, Finlandia es rica en minerales estratégicos. Todos cercanos geográficamente a Rusia, y todos potenciales competidores. Además, Noruega y algunos otros países nórdicos han sido capaces de enviar barcos no tripulados por aguas literalmente heladas para comerciar, tecnología que hasta ahora Rusia no puede replicar. A futuro parece que el cambio climático podrá darle a Rusia una ruta comercial marítima funcional, pero por ahora eso no ocurre, y en la práctica Rusia es un país enorme con una enorme, enorme, enorme, extensión de tierra, sin ninguna salida al mar que pueda aprovechar de forma práctica. Una anexión de parte del territorio ucraniano que implique el control del Mar Negro le permitiría ganar una importancia comercial que ahora mismo no tiene, y limitar algunos riesgos de la dependencia que puede tener también de China si se aviene a negociar con ellos. Y aquí entramos en la parte más complicada del conflicto.

 

El papel geopolítico de China

China es un gigante, literalmente. Y un gigante así puede hacer que cuando tu volumen de comercio con ellos es demasiado grande, controlan de facto tu economía, de manera que te han hecho “un Brezhnev por la puerta de atrás” es decir, te controlan, y eres soberano, pero hasta cierto punto. China en este sentido ha firmado recientemente el mayor acuerdo comercial del mundo, llamado RCEPS, que integra 15 países, entre los que están Japón, Australia o Nueva Zelanda, además de muchos países asiáticos; pero en el que no están ni la India ni Rusia. Este acuerdo moverá el 30% del comercio mundial, y claramente es una jugada maestra frente al resto del mundo a favor de los intereses del Gigante Asiático y su esfera de influencia.

 

La partida de ajedrez: ganadores y perdedores

La situación con Rusia es diabólica: si Europa no lo integra en la UE de alguna forma que  asegure unas reglas de juego comerciales favorables, así como el suministro de energía, y dándole así a Rusia una salida económica y de crecimiento, entonces Rusia no tendrá más remedio que comerciar con China. Esta es la posición que más le interesa a Estados Unidos, que así nos puede vender todo, pero todo más caro. Es por esto que ha estado provocando a Rusia, que podría haber jugado con más paciencia, y ha logrado que un líder beligerante y orgulloso inicie una escalada bélica que se juega en un tablero de ajedrez que está geopolíticamente en el lugar del mapa más alejado posible de Estados Unidos, pegado a su enemigo estratégico, Rusia, y en el que además morirán los ciudadanos de otro país que no será Estados Unidos.

Para colmo, su vecino de la OTAN, Europa (que nunca había gastado el dinero necesario para sus ejércitos), convencida de que ese «primo de Zumosol» que es Estados Unidos lo haría por ella, ahora ve cómo rápidamente debe gastar el presupuesto del 5% anual prometido y que nunca cumplía a su primo americano. Y para rematar, nos venderá la energía más cara y nos exportará su inflación. Por tanto, Europa es la gran perdedora de este conflicto, y Estados Unidos, el gran ganador, quien ya ha dicho que no quiere involucrarse en conflictos bélicos donde no tenga intereses, lo cual, traducido, significa que va a concentrar sus esfuerzos en el área de Asia–Pacífico y el conflicto de China con Taiwán.

A Europa, por el contrario, la economía de bloques no le interesa en absoluto ni económica ni geopolíticamente, porque  siempre va a estar al albur, tanto en materia de defensa como en materia económica, de los Estados Unidos. Sin embargo, el comportamiento ruso ya no admite que hagamos pelillos a la mar y podamos recurrir a la diplomacia: lo ha impedido el gatillo fácil de Putin ante su falta de margen de diálogo debido a sus propios problemas internos. En este sentido es importante recalcar que Putin no gobierna en solitario como una autocracia: hay un sistema de partidos, con un equivalente a nuestro Congreso de los Diputados, donde hay posiciones muy beligerantes que sostienen explícitamente que Ucrania es una región rusa, que Stalin cometió un error fundando Ucrania, y que debe de ser anexionada a Rusia nuevamente por la vía de los hechos; este mensaje lo hemos escuchado incluso de boca del propio Putin. Además, al haber conflicto armado, no resulta fácilmente defendible iniciar un proceso de cooperación comercial real entre Rusia y Europa. Sin embargo, y por su parte, mientras estas dos regiones se matan literal y económicamente, Estados Unidos y China resultan los grandes vencedores de un conflicto en el que no han derramado ni una gota de sangre, ni lo van a hacer.

Y al final de esta triste situación están los ucranianos, con una corta y casi recién estrenada independencia, que ven cómo su vecino del este vuelve a provocarles sufrimiento y muerte. El ejército ucraniano, diseñado para la guerra de guerrillas, soporta el envite ruso a duras penas, y el riesgo está en que Kiev sufra el mismo destino que Grozni, donde la artillería rusa literalmente barrió está región del mundo militarmente.

Estamos ya en una situación en la que todo el mundo, y repito, todo el mundo involucrado, pierde. La economía de Ucrania, en muchos sentidos, depende de la economía rusa: no dejan de ser vecinos al fin  al cabo, y todas las sanciones que se han impuesto a Rusia pueden pasar factura a Ucrania como vecino comercial suyo.

A su vez, las sanciones impuestas por la unión Europea y por Estados unidos han demostrado que el dólar, el euro, y e incluso pudiera ser que la libra y el franco, son divisas politizadas, pues todos los países emisores de estas monedas han condenado el ataque en la ONU, y tanto Estados Unidos como los países integrantes de la zona euro han aprobado congelación/confiscación de los activos reales y financieros en suelo americano o de la UE contra ciudadanos rusos y su gobierno, demostrando a todo el comercio internacional que la politización monetaria de las divisas occidentales más comúnmente aceptadas, como el dólar y el euro, es ya una realidad; y las de la libra esterlina y el franco suizo son algo posible también.

Esto beneficia tremendamente a China, cuya divisa es ya muy utilizada en su esfera de influencia como medio de pago en las transacciones internacionales, y cuyo uso antes no estaba tan extendido como algo estructural en su economía (debido a sus controles de capitales), pero si ahora va a haber politización de divisas, tanto de unas como de otras, no hay ventaja competitiva del dólar o el euro frente al remimbi chino (también llamado yuan). Y eso puede hacerle a Occidente mucho, mucho daño en la balanza de pagos comercial, y puede resultar en un exceso de divisa de dólar o euro porque los mercados y los agentes económicos ya no lo demandan tanto, y por tanto a igual oferta y menor demanda, menor valor y más inflación de la moneda. Repito: todos los implicados pierden.

El rublo dentro de poco será dinero de Monopoly, si no lo es ya. Los oligarcas van a sufrir, pero a buen seguro tienen activos financieros y reales con los que paliar el golpe; pero los ciudadanos de a pie de Rusia van a sufrir (y mucho), al igual que los ucranianos, que son sin lugar a dudas los grandes damnificados a los que su lucha día y noche no puede más que inspirarnos el más profundo de los respetos, pues no luchan por poder, territorio, una salida al mar o dinero: luchan por salvar a su familia, amigos y a ellos mismos. Y seguramente en ese orden.

 

¿Y qué hay de Europa?

Esta pregunta daría para otro artículo, así sólo diré aquí que los estados nación independientes ya no están de moda, que hay toda una política supranacional orientada a que Francia y Alemania sean los grandes beneficiados y que Macron, el antiguo banquero de los Rothschild de ojos azules, una vez alejada Merkel quiere ser el presidente de unos Estados Unidos de Europa donde todos estemos unidos, pero manden Francia  y Alemania; un ’Brezhnev’ por la puerta de atrás, pero sin sangre y eco-friendly;  Es decir, generando pobreza, pero con conciencia social y sin derramar sangre, que es muy sucio.

Y lo peor es que, como soy ciudadano español, no me queda más remedio que ser un europeísta convencido; ¡y encima hay que aplaudirlo porque la alternativa para España, si tuviéramos el control de la emisión monetaria, sería ser Argentina 2.0 o Venezuela 2.0! Sin embargo, particularmente, me encantaría una Unión Europea más pragmática y sin tanta injerencia en el control de los estados. Difícil disyuntiva esta, cuando en nuestros días vemos cómo las democracias iliberales y el capitalismo de estado como el que hay China, avanzan más rápido y firme en sus decisiones como país que España, donde no nos ponemos de acuerdo ni en enviar material militar, o en si éste es defensivo u ofensivo. Luego nos preguntamos por qué no nos llama nadie.

Una vez más, la política es el juego de alcanzar y retener el poder. Por contra algunas naciones defienden su soberanía y Europa amenaza con cortarles el grifo de los fondos, parecido al modus operandi de China o Rusia cuando tienen posición de fuerza; aquí está todo inventado ya, aunque luego lo revistamos de ‘buenismo’.

 

Y ¿cuál es la salida negociada lógica al conflicto?

A estas alturas, que un tercero medie una salida es complicado, pero es la mejor vía posible. Firmar los acuerdos de Minsk 3.0 y cumplirlos, firmando la entrada en la UE de Ucrania y reconociendo la independencia administrativa de las repúblicas de Donetsk y Lugansk; manteniendo el Mar Negro como parte de Ucrania (sería ideal para los intereses de Europa y de la propia Ucrania, sobre todo para evitar posibles conflictos militares e incluso hambrunas futuras en un Stalin 2.0); firmar que se reconozca a Ucrania como nación soberana; un pago de guerra por los daños causados; levantar las sanciones contra Rusia y pactar una salida pacífica del poder de Putin diferida en el tiempo, que concurra con una alianza comercial especial entre Europa y Rusia, sin entrar en la UE. Y que Ucrania, a pesar de entrar en la UE,no lo haga en la OTAN. También se debería aprovechar ese pacto para firmar el cese de hostilidades contra países terceros cercanos geográficamente, como Finlandia y Suecia. Y a cambio, un usufructo del paso del Mar Negro para el transporte de mercancías rusas, pero dejando las aguas como parte de Ucrania y, en caso de conflicto armado, que se especifique una directiva por la que la OTAN, no estando Ucrania dentro de la misma, defenderá las aguas en caso necesario.

Desde el lado estadounidense, retomar la política del desarme de misiles de media y larga distancia entre Estados Unidos y Rusia y evitar las declaraciones incendiarias de uno y otro. Especialmente menciono esto por el presidente Biden, que a pesar de su desordenada salida de Afganistán y la forma de manejar el conflicto en Ucrania, defiende muy bien los intereses americanos a costa de los intereses de todos los demás. La geopolítica en su propia naturaleza es cruel, pero la crueldad innecesaria no se perdona.

En este pacto todos perderían, pero nadie lo perdería todo. Pase lo que pase, una vez más China y Estados Unidos son los grandes vencedores, y Estados Unidos los ha vuelto a hacer: libra una guerra lejos de casa, donde mueren los demás, y ellos ganan. No es casualidad que Biden, ese señor que parece entrañable, y que a sus 80 años parece el abuelito perfecto, lleve 30 años en la alta política y diplomacia americana.

Bien nos valdría a nosotros tener en Europa Occidental a algún político con la misma sagacidad y sangre fría, porque mucho me temo que, de lo contrario, nos seguirán llegando bofetones con la mano abierta que no sabremos leer ni de dónde vienen.

Mi última línea de este artículo es para el pueblo ucraniano, al que le deseo que su sufrimiento acabe lo antes posible, y a su presidente, Volodímir Zelenskyy, que se ha ganado ser la personificación del Estado Nación de Ucrania y al que deseo que no le pase nada, ni a él ni a us familia, y que está interpretando el papel más importante de su carrera: el de héroe de los tiempos modernos.