El Disidente

¿Qué entendemos por populismo?

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Cuando leemos o escuchamos sobre populismo nos encontramos con conceptos amplios, vagos y, mayormente, asociados con una idea peyorativa de la política.

Siendo una forma de gobierno de espacios tanto de derecha como de izquierda, el populismo se ha convertido en un área de acusación, utilitario para descreditar a partidos políticos que ostentan ciertas singularidades.

María Esperanza Casullo en su libro “¿Por qué funciona el populismo?” nos aclara que aquellos que estén interesados en estudiar el populismo se toparán con tres dificultades:

1) Todo el mundo sabe, o cree que sabe, qué es el populismo, haciendo de su concepto un terreno repleto de prejuicios e imprecisiones conceptuales.

2) El carácter marginal de la teoría populista, teniendo una retórica contra la estructura institucional vigente, eleva un discurso a favor del “pueblo” y en contra de la opresión que padece.

3) El populismo se utiliza como un concepto que lleva una carga negativa. Se olvida su contenido teórico y se usa la palabra “populismo” o “populista” para denostar a líderes políticos o a gobiernos, asociándolos con la demagogia, la manipulación, el clientelismo, y, desde una perspectiva radical, el fascismo.

Francisco Panizza plantea en su libro “El populismo como espejo de la democracia” la existencia de un antagonismo conceptual entre la noción de “pueblo” y su otredad, y la funcionalidad dentro del populismo: “Una dimensión anti statu quo es esencial al populismo, ya que la constitución plena de las identidades populares necesita la derrota política del otro, el cual es percibido como opresor o explotador del pueblo, y por lo tanto como el que impide su presencia plena”.

Panizza, además, observa en el populismo un modo de identificación a merced de cualquier actor político que opere dentro de un discurso donde la rivalidad entre los poderosos y los débiles sean el eje central del imaginario político.

En la práctica de caracterizar al populismo nos encontramos, generalmente, con la fuerte figura de un líder, un carismático movilizador de masas, donde, en su oratoria, hay una notable presencia de una dicotomía entre el “pueblo” y la noción del “otro” como actores políticos. A través de esa rivalidad comunicacional con el “otro” se desarrolla una afección, una fuerte simpatía, entre el líder y sus partidarios.

Es menester aclarar que el populismo lleva consigo raíces romanticistas, a partir de allí la preponderancia de la emotividad en su dinámica. Esto último nos conecta con un aspecto clave de los gobiernos populistas: el nacionalismo.

La creación de polos opuestos es un ejercicio populista vital. Allí es posible la adhesión social y la fabricación de un sentido de pertenencia entre los partidarios. La elaboración de una figura de “pueblo” se torna factible.

Observamos, también, que una estrategia discursiva de esas características abraza la idea del “otro” como un enemigo externo y este sirve de argumento legitimador para el diseño de las políticas deseadas. En el caso del desarrollo de la noción de “pueblo” o un “nosotros”, se busca la creación de un espacio identitario común, suprimiendo el individualismo.  

Luego de este breve repaso literario y un acercamiento a la caracterización, hallamos patrones que nos permitirán advertir rastros populistas pero, principalmente, ahuyentar preconceptos nocivos.